martes, 30 de enero de 2007

ACOSO CATODICO

¿Hasta cuando deberemos soportarlo? Vemos cada día a seres humanos acechados y perseguidos como bestias, cámaras y micrófonos en ristre, esgrimidos como lanzas por periodistas de medio pelo que sólo esperan el resbalón, la palabra iracunda, para captarlos en su peor momento de ira, de furia por tanta persecución y acoso y servírselos así como monstruos a la audiencia. Y da igual que sean actores, cantantes, escritores o simples parientes de alguien conocido, todos pasan a ser susceptibles de acoso por parte de las cámaras, a todos se les puede preguntar por sus más crudas intimidades sin concederles derecho de protesta. Y no sólo a ellos, a nosotros, la audiencia, se nos persigue también desde todos los programas y televisiones. Entras en un bar, y allí están ellos,desde el televisor, persiguiendo a una señora para saber si su hija vomita o no vomita con el embarazo y a la pobre señora, que se le adivinan los deseos de retorcerles el cuello debajo de su sonrisa, corriendo hacia su casa como puede. Llegas a casa, pones la televisión intentando distraerte después de una jornada de trabajo y de nuevo están ellos, sacando lo más sórdido, lo más mezquino de alguien que por dinero está dispuesto a decir que fué engañado por su esposa o que esta es una arpía de mucho cuidado. Y así nos pasan cada día al hijo que dice que el padre se droga, a la madre que dice que el hijo le pega, es homosexual o está enamorado de su perro, a la vecina que cuenta como vió entrar a una pareja en un pisito y todos los vicios y pasiones más sórdidas, van desfilando ante nuestros ojos alelados. Y oimos preguntar por intimidades aberrantes, nos sorprenden cada día con algo más sórdido en una carrera sin final por ver quien llega a ser más cutre, más insensible, más cruel con cualquiera que tenga la desgracia de ser famoso o pariente de famoso.
¿Es que no tiene cada cual suficiente con sus propios problemas? ¿Tienen que presentarnos a todas horas las pequeñas o grandes miserias, las mezquindades de todos y cada uno de los famosos y famosillos como si los demás, incluidos ellos, fuéramos todos perfectos? ¿Quién les otorga el derecho de erigirse en jueces de las vidas de los otros y nombrarnos jurado a los televidentes? ¿Quien llega a ser conocido por algún motivo, está obligado ya de por vida a que debamos conocer todos y cada uno de sus movimientos, incluidas incluso sus funciones fisiológicas?
O el Gobierno toma duras medidas contra este tipo de programas o esta sordidez que nos invade, este delirio por lo peor del ser humano, acabará calando en la sociedad y convirtiéndola en espejo de lo que contempla.

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